La idea de que existe una cierta jerarquía dentro del conocimiento resulta, en gran medida, intuitiva. Nadie duda que para aprender una ciencia como biología, por ejemplo, es necesario primero tener unas nociones de otras ciencias (en este caso matemáticas, química, y física), pues ellas constituyen su base.

Pero si la biología en realidad no es más que matemáticas, química y física, ¿por qué tiene un nombre propio? Sencillamente, porque estudia hechos de mayor complejidad. Pensad en una máquina compleja, como un tractor; en última instancia, funciona gracias a los átomos que lo componen, pero intentar explicar su funcionamiento a partir de ellos sería una labor inabarcable. Lo mismo ocurre si tratamos de explicar la digestión a partir de las células de un organismo: no acabaríamos nunca. Por eso existen ciencias como la biología, que se fundamentan en otras más elementales: para estudiar hechos cuya complejidad no se puede abarcar desde perspectivas más básicas.

Este hecho nos lleva a la inevitable conclusión con la que empecé esta entrada: que hay una jerarquía dentro del conocimiento (científico, al menos). Para aprender sobre ciencia es necesario, por tanto, seguir un camino en el que las disciplinas más elementales vayan primero y las más complejas después. Aquí nos topamos con la gran pregunta: ¿Cuál es ese orden?

Como ninguno de mis profesores me ha ofrecido una respuesta (ni tampoco me ha invitado a reflexionar al respecto), me he cansado de esperar, y me dispongo a intentar contestarla yo. Aprovecho para resaltar desde ya que no creo poseer ninguna verdad o certeza, o tener las herramientas adecuadas para descubrirla. En mis conclusiones, probablemente se puedan encontrar muchos fallos. Pero como esto solo se podría solucionar si contara con el apoyo de personas con más conocimientos que yo que me asistieran, que no es el caso, no me queda de otra que continuar hacia delante.